Cómo leo el Rider-Waite
Compré mi baraja en el Rastro en 1988 por doscientas pesetas, con una carta pegada a mano. Sigue siendo la misma, y aquí cuento cómo la uso.
En 1988, con diecinueve años, compré en el Rastro una baraja de tarot de segunda mano por doscientas pesetas. Le faltaba una carta, el Cuatro de Bastos, y el que me la vendió había hecho una copia recortada a mano y la había metido en su sitio. Sigue ahí, treinta y ocho años después, y no tengo intención de cambiarla.
Esa baraja es un Rider-Waite, que es la de las escenas dibujadas. Y la gente me pregunta bastante por qué esa y no otra, así que lo explico.
Por qué el Rider y no otra baraja
Lo primero, para que no parezca lo que no es: no hay una baraja mejor que otra. El Tarot de Marsella, la baraja española, el Thoth, el Rider: todas valen si quien las maneja sabe. Quien te diga que su baraja es la verdadera y las demás son juguetes, desconfía.
Dicho eso, la mía tiene una ventaja muy concreta para lo que yo hago, que es trabajar por teléfono: en el Rider todas las cartas tienen una escena dibujada, también las de los palos. En una baraja de tipo Marsella, un Cinco de Copas son cinco copas con adornos: la lectura sale del número, del palo, de las cartas vecinas y de la posición. Funciona perfectamente en persona, y lo hace mucha gente muy buena.
Pero por teléfono yo tengo que contarte lo que veo. Y es muy distinto poder decirte «hay una figura de espaldas mirando tres copas volcadas, y detrás hay dos que siguen en pie y no las está mirando» que decirte «han salido cinco copas». Con la escena, la imagen la ves tú también, y eso cambia la consulta: deja de ser una autoridad diciéndote algo y se convierte en dos personas mirando lo mismo.
Las tres tiradas que hago, y ninguna más
Tres cartas
Lo que hay, lo que no estás viendo y hacia dónde va. Es la de las preguntas concretas y la que uso en la mayoría de las consultas cortas. Si en quince minutos está la respuesta, terminamos en quince minutos.
La herradura de cinco
Esta es la de los vínculos, y es la que más hago porque es la que pide mi especialidad: tú, la otra persona, lo que os une, lo que os separa y el paso siguiente. La posición de «lo que os une» es la que da los sustos buenos, porque muchas veces lo que une a estas alturas no es el cariño: es el piso, la costumbre o el tiempo invertido.
Una sola carta
Cuando la persona ya sabe la respuesta y lo que necesita es mirarla. Es la tirada más corta, la más barata y a veces la más útil de las tres.
Lo que no hago son tiradas de veintidós cartas, ni cruces celtas completas, ni lecturas anuales de doce meses. El motivo es práctico y poco glamuroso: cuantas más cartas hay encima de la mesa, más fácil es encontrar en ellas lo que la persona quiere oír. Con tres cartas no hay dónde esconderse, y eso es una ventaja para las dos.
Las cartas invertidas: lo que hago y lo que no
Sí, leo las invertidas. Es propio del Rider y quitarlas sería tirar la mitad del vocabulario. Pero hay que decir muy claro qué es una carta del revés, porque aquí se hace mucho daño.
Una carta invertida no es una desgracia, ni un castigo, ni un anuncio de algo malo. En mi manera de leer suele ser una de estas tres cosas:
- La misma cosa, pero atascada. La energía de la carta está ahí y no circula: algo que se quiere y no se hace, algo que se sabe y no se dice.
- La misma cosa, mirando hacia dentro. Lo que la carta derecha señala fuera, invertida lo señala dentro de la persona.
- El exceso. No la falta de eso, sino su empacho.
Lo que no es, nunca, es «lo contrario». Si alguien te dice que una carta del revés significa que pasará justo lo opuesto, te está simplificando la lectura para poder contarte una historia más redonda.
Una carta boca abajo no trae mal. Casi siempre está diciendo que algo está parado, y lo que está parado se puede mover.
Una cosa que sí importa: la baraja de la abuela
A propósito de todo esto. En este oficio hay un cuento muy repetido, el de la baraja heredada de la abuela y el don que pasa de generación en generación. En mi caso es falso y lo digo cada vez que puedo: en mi familia nadie leía las cartas. Mi abuela Pura vendía cupones en una esquina de Bravo Murillo y no tenía ninguna paciencia para la gente.
Aprendí sola, de noche, con un manual mal traducido al lado y equivocándome mucho. La primera que me pagó fue Aurora, una clienta de la peluquería que venía los viernes, y de eso hablo en cuánto cuesta una consulta.
Lo cuento porque me parece más honesto y porque, francamente, me parece mejor argumento: no es un regalo que me hicieron al nacer, es treinta y tres años de oficio y veintiocho cuadernos llenos.
Si quieres probar algo esta semana
No hace falta que tengas baraja. Coge una carta cualquiera de un tarot que encuentres por ahí, o busca una imagen de una sola carta, y descríbela en voz alta como si se la contaras a alguien por teléfono. Solo lo que se ve: cuántas figuras, hacia dónde miran, qué hay en el suelo, qué hay detrás.
Se te va a quedar corta la descripción y luego te va a salir sola. Ese es el ejercicio entero, y es lo que yo hago cuarenta veces al día desde 1993.
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