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Tarot y videncia por teléfono. Todos los días, a cualquier hora.

Trinidad Castilla, y a mucha gente «Trini»

Madrid · desde 1993

Nací en Tetuán en marzo de 1969, la segunda de dos hermanas. Mi padre era taxista de turno de noche y mi madre cosía en casa para un taller de Bravo Murillo. Vivo en Chamberí desde 2004 y tengo una hija, Nuria, que es enfermera en Móstoles y que de esto no cree ni la mitad.

No me llames madame, ni maestra, ni «la vidente Trinidad». Trinidad está bien, y Trini también.

Trinidad Castilla apoyada en el marco de la ventana de su salón, con camisa blanca, jersey ciruela y el pelo cano corto

En mi familia no había ninguna abuela que echase las cartas

Lo aclaro porque es lo primero que se espera de una tarotista y porque es el cuento más repetido del oficio: la abuela del pueblo, la baraja heredada, el don de generación en generación. En mi casa no había nada de eso. Mi abuela Pura vendía cupones en la esquina de Bravo Murillo y no tenía la menor paciencia para la gente.

Lo mío fue por otro lado. A los dieciséis entré de aprendiza en una peluquería de señoras de Bravo Murillo, lavando cabezas y barriendo pelo, y me quedé catorce años. Y ahí está mi formación, aunque suene poco solemne: una peluquería de barrio son ocho horas al día escuchando a mujeres contar lo que no cuentan en ningún otro sitio. Quién la quiere, quién no la quiere, quién se fue, a quién está esperando.

En 1988, con diecinueve años, compré en el Rastro un Rider-Waite de segunda mano por doscientas pesetas. Le faltaba el Cuatro de Bastos y tenía una copia recortada a mano en su lugar; sigue ahí, no la he cambiado. Aprendí sola, de noche, con un manual mal traducido al lado, y empecé tirando a las compañeras del salón y luego a las clientas, en el sillón, mientras les subía el tinte.

Tú apunta lo que ves, niña, y que decida ella.

Aurora, 1993

Aurora era una clienta de setenta y muchos que venía los viernes a marcarse el pelo. Un día me metió dos mil pesetas en el bolsillo del delantal y me dijo que esto no se hace gratis, que lo que no se paga no se respeta. Intenté devolvérselas dos veces. Ese año, 1993, es el que cuento como el principio.

Interior de una peluquería de barrio de finales de los ochenta, vacía, con dos sillones y un casco secador

Los dos años que me convirtieron en lo que soy

2007 · la parte mala

En 2007 mi marido se fue de casa. Yo tenía treinta y ocho años, una niña de diez y ninguna intención de mirar aquello de frente.

Y hice exactamente lo que hacen muchas de las mujeres que me llaman: marqué un teléfono de tarot. Durante casi dos años pagué a un hombre que me decía, semana tras semana, que él iba a volver, que había un trabajo hecho, que con un poco más de tiempo. Me dejé ahí un dinero que no tenía, y lo peor no fue el dinero: fueron dos años sin mirar lo que había que mirar.

Lo corté en 2009, de golpe, el día que me oí preguntando lo mismo por novena vez.

De ahí sale todo lo que hago ahora de una manera y no de otra: que mi especialidad sea el desamor y no el amor, que el precio esté antes de descolgar, que no exista una segunda consulta con descuento y que no llame yo nunca a nadie. No es una política comercial simpática. Es lo que a mí me habría hecho falta.

Y sí, soy consciente de la contradicción: yo también cobro por teléfono. Por eso el precio está publicado, en euros, antes de que descuelgues.

Por orden

Treinta y tres años de oficio

  • 1969Nazco en Tetuán, calle Almansa. Padre taxista de noche, madre costurera en casa.
  • 1985Aprendiza en una peluquería de Bravo Murillo, a los dieciséis. Lavar cabezas y barrer pelo.
  • 1988Compro el Rider-Waite en el Rastro por doscientas pesetas. Le falta el Cuatro de Bastos.
  • 1990Me caso con Fernando.
  • 1993Aurora me paga la primera consulta y me dice que lo que no se paga no se respeta. El principio.
  • 1997Nace Nuria.
  • 1999Dejo la peluquería, catorce años exactos, y monto la consulta en el salón de casa.
  • 2004Me mudo a Chamberí, donde sigo.
  • 2007Fernando se va. Empiezo a llamar a un teléfono de tarot.
  • 2009Lo corto. Y empiezo a apuntar en el cuaderno las frases que me habían dicho.
  • 2012Dejo de recibir en casa. Solo teléfono.
  • 2014Dejo de teñirme y no he vuelto. Catorce años de peluquería dan para saber lo que es un tinte.
  • 2019Se consolida el grupo de compañeras que cubre las horas que yo no puedo.
  • HoyMás de 40.000 consultas y veintiocho cuadernos de espiral llenos en el aparador.

Por qué dejé de recibir en casa

Trece años recibí en el salón, con cita previa y boca a boca. En 2012 lo dejé, y doy dos razones porque las dos son verdad y una no me favorece.

La primera es sencilla: por teléfono llego a quien no puede plantarse en Chamberí un martes a las cinco de la tarde. Gente con turnos, con niños, con un padre enfermo, o que vive en Cuenca.

La segunda la reconozco a regañadientes. Sin la cara delante leo mejor las cartas y peor los gestos, y eso me obliga a ser más honesta. En persona es muy fácil ir corrigiendo el rumbo según la cara que pone el otro: ves que algo no le gusta y lo suavizas sin querer. Eso, aunque no lo pretendas, es hacer trampa.

Lo único que me llevé del salón fue un espejo redondo. Está colgado en la pared del fondo, y las tijeras siguen en el cajón del aparador aunque no corte el pelo a nadie desde 1999.

Así que si buscabas videncia y tarot en Chamberí con la idea de subir a verme: el barrio es este, pero la puerta no se abre. Se llama por teléfono, y da igual desde dónde.

Fotografía de archivo de 1993: Trinidad con veinticuatro años, sentada a una mesa de cocina con las cartas extendidas y un manual abierto

Mis compañeras

El teléfono está abierto las 24 horas y yo no estoy 24 horas. Desde 2019 hay un grupo pequeño de compañeras que cubre las horas que yo no puedo: cuatro mujeres a las que conozco en persona y a las que he visto trabajar.

No es un centro de llamadas con gente leyendo un guion. Cada una tiene su baraja y su manera, y todas trabajan con las mismas reglas que hay publicadas en esta web: sin fechas, sin amarres, sin leer a terceros y sin llamar a nadie. Si quieres hablar conmigo concretamente, dilo al descolgar y te digo cuándo estoy.

Y ya está, esa es toda mi historia

Si quieres contarme la tuya, el teléfono está abierto todos los días y a cualquier hora.

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