Duele y no se pasa
El tiempo no cura nada por su cuenta. Lo que cura es lo que haces con el tiempo, y a veces lo que hacemos es justo lo contrario.
«Es que ya ha pasado un año y sigo igual.» Esa frase la he oído tantas veces que podría decir de memoria el tono con el que se dice, que es un tono de disculpa. La gente que la dice se está pidiendo perdón por no ir más rápido.
Y lo primero que hay que quitar de ahí es la prisa, porque la prisa la ha puesto otro.
El tiempo no cura, es solo el sitio donde se cura
Lo del tiempo que lo cura todo es una de esas cosas que se repiten porque son cortas. Pero el tiempo no hace nada: es el terreno, no el trabajo. Hay heridas que en dos años están cerradas y otras que en diez siguen abiertas exactamente igual de frescas, y la diferencia no es el calendario.
Lo que veo en las consultas es que el dolor que no avanza casi siempre tiene una de estas tres cosas debaj:
- No se ha podido contar. Hay duelos que no tienen permiso social: una relación que nadie sabía, un aborto, un amigo con el que se dejó de hablar, un padre al que no se quería del todo. Lo que no se cuenta no se coloca.
- Todavía hay una puerta abierta. Aunque sea una rendija. Mientras exista la posibilidad de que vuelva, o de que se aclare, no hay duelo: hay espera. Y la espera no avanza por definición.
- El dolor está haciendo un trabajo. Este es el más difícil de ver y el más frecuente. Mientras duele, la persona sigue estando en relación con lo que perdió. Dejar de doler se parece demasiado a dejar de querer, y nadie quiere firmar eso.
La tercera es la que importa
Me acordaré siempre de un hombre de Carabanchel, sesenta y tantos, que me llamó dos años después de morir su mujer. No me pidió una tirada. Me dijo: «yo lo que quiero saber es si está bien».
Le contesté que eso no lo sé, y que quien le diga que lo sabe le está cobrando por una mentira que además es cruel. Y se echó a llorar, pero no de decepción: de alivio. Llevaba dos años pagando a gente que le daba recados de su mujer.
Esa consulta no fue de cartas. Fue de esto: que echar de menos a alguien no es una enfermedad que haya que curar, y que no tenía que dejar de dolerle para poder volver a comer con sus nietos los domingos. Las dos cosas caben a la vez, y creo que eso fue lo único útil que dije en media hora.
No hay que dejar de doler para poder seguir. Se puede hacer las dos cosas a la vez, y de hecho es la única manera.
Las frases que no ayudan
Esto lo aprendí en la peluquería, mucho antes que con las cartas. Una mujer sentada en el sillón con el tinte puesto te cuenta cosas que no le ha contado a su hermana, y lo peor que puedes hacer es contestarle con una frase bonita. Se nota al segundo, y no vuelve a abrir la boca.
- «Todo pasa por algo.» No. Hay cosas que pasan por nada, y decir lo contrario obliga a la persona a buscarle un sentido a lo que no lo tiene.
- «Ya verás como todo se arregla.» Es una promesa que no puedes cumplir, y quien la oye lo sabe.
- «Tienes que pensar en positivo.» Añade culpa. Ahora además de estar mal, lo está haciendo mal.
- «Con el tiempo se olvida.» Ni se olvida ni hace falta olvidarlo.
Todas tienen algo en común: sirven para que el que habla pueda dejar de escuchar. Y se dicen con buena intención, que es lo que las hace difíciles de rechazar.
Lo que sí se puede mirar cuando no hay nada que decidir
A veces me llaman personas en las que no hay ninguna decisión pendiente. No hay que elegir entre dos cosas, no hay nadie a quien esperar, no hay nada que resolver. Solo hay un hueco.
Y sí, también se puede hacer una tirada ahí. No para adivinar nada: para ordenar. Miro tres cosas y ninguna más:
- Qué parte de esto ya has hecho. Casi nadie se da cuenta de lo que lleva andado, porque lo mide desde el día que pasó y no desde el día que estaba peor.
- Qué se te ha quedado parado en el camino. Una amistad, una costumbre, salir de casa un sábado. Las cosas que se dejaron «hasta que esto se pase» y que llevan ahí un año.
- Qué pieza pequeña se puede volver a poner. Una. Que no tenga nada que ver con lo que perdiste.
De eso salen consultas tranquilas y bastante largas, en las que las cartas hablan poco y la persona habla mucho. Son, con diferencia, las que más me gustan.
Y un aviso que tengo que dar
Hay una raya y la digo siempre. Si lo que estás pasando te ha puesto a pensar en quitarte de en medio, esto no es el sitio. Cuelga y llama al 024: es gratuito, es confidencial y está las 24 horas. Ahí hay gente preparada para eso, y yo no lo estoy. Tampoco leo sobre enfermedades diagnosticadas ni sobre la muerte de nadie, y si eso es lo que traes, te lo diré al descolgar y no te cobraré la consulta.
Con esa raya clara, lo demás se puede hablar. Un dolor que lleva un año no es un fracaso tuyo, y desde luego no es una tarea pendiente que hayas hecho mal.
Y para esta semana, una sola cosa, que es la que pido en estos casos: cuéntaselo entero a una persona. Una. Sin resumir y sin quitarle las partes que quedan mal. Puede ser tu hermana, una amiga, un médico o una desconocida al teléfono a las cuatro de la mañana. Lo que no se cuenta no se coloca.
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